Desde la invención del telemarketing –esa escabrosa porquería adoptada por el management mundial-, el hombre perdió la tranquilidad. A partir de ese momento, seres bípedos semejantes a las personas acechan cada instante de paz de los otros, que si son personas y que no les interesa nada de lo que pueda venderse por teléfono.
El universo del telemarketer es circular y se asemeja al infierno, como el de los empleados de McDonald’s, pero peor. Saben que todo el mundo los aborrece y que nadie dudaría un segundo antes de aplastarlos con el auto o hacerle alguna maldad por todas las siestas interrumpidas o los coitos forzosamente interruptus. Sin embargo están obligados a sonreír, como si el tiempo para ellos se hubiera detenido o atorado en un instante perpetuo que contractura de los músculos faciales.
Lo cierto es que el telemarketer provoca una mezcla de lástima y aversión. Cuando del otro lado de la línea suena su voz, nadie piensa que es un/a ‘pobre muchach@ que gana $2,50’ como en los talleres textiles clandestinos, pero en empresas ‘high class’. Lo que se desea es que al vendedor le agarre ébola o que le aparezca por la espalda un Michael Douglas en ‘Un día de furia’, con un bate de baseball en una mano, una Uzi en la otra y acabe con todas sus desgracias. Cualquier cosa, pero que ya no llame más, nunca más.
Una vez –sólo una-, conocí a uno en una fiesta. Fuera por mi embriaguez o por la suya, parecía un muchacho bastante normal que hablaba y se desenvolvía con timidez, con una desenvoltura acartonada, como si no estuviera acostumbrado a la libertad. Todo iba bien, pero en un momento de la charla, cuando nos adentrábamos en el fascinante misterio de la densidad de las tetas con siliconas, como sin querer pronunció el adverbio ‘no’ y se contrajo sobre si mismo, se hizo pis encima y le dio un ataque de convulsiones a medida que murmuraba una frase repetida pero ininteligible.
Acerque mi oído a su boca con una morbosidad calibrada que pudiera confundirse con preocupación o bonhomia. De su boca salían cuatro palabras balbuceadas y constantes, que salvo por el hecho de que se revolcaba en el piso como una babosa con sal podrían haber sonado con cordialidad, ‘es una oferta especial, es una oferta especial…”. En ese momento comprendí que en realidad no son mala gente ni perversos adoradores del caos hogareños, sino que lamentablemente estamos en bandos contrarios del orden telefónico natural (!).
Pero sea como fuere, nosotros, los de este lado de la línea queremos paz. No queremos planes de medicina prepaga, ni autos, ni seguros, ni nada de nada. Simplemente no queremos que nos llamen más.
Ah?: Juro que los atraparé aunque sea lo último que haga.

1 comentidigillo:
Buenas,
como curiosidad de casualidad por semenjanzas en el nombre te remito a que entres en la web del grupo 30VecesNo ( www.myspace.com/30vecesno o www.30vecesno.com ). Seguramente puedas aplicarle su canción Ardor a más de uno o la crítica de Sigo Perdido.
Buen blog. Saludos
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