Hoy compré un horno microondas muy bonito y muy blanco, con muchos botoncitos relucientes que hacen juego con la mesada de granito gris. Con una sonrisa impecable lo puse en su lugar y lo enchufé. No pasó nada.
Entre puteada y puteada tuve una revelación: soy totalmente incompetente para las tareas del hogar, desde tender la cama sin arrugas hasta la utilización de los artefactos que, técnicamente, a uno le simplifican las cosas. Hay que sincerarse: la vida se me complica si hay que programar el lavarropas, no aparece la tecla On o si la Morocha no está para decirme dónde carajos fueron a parar las llaves.
Un microondas en casa es un espectáculo surrealista, como ver un cohete interestelar caer en una aldea del Amazonas... allí por lo menos le entrarían a garrotazos y harían asado de gringo para festejar. Yo, lamentablemente, tengo que guardar las formas y encontrarle nuevos usos a las cosas que mi completa ignorancia o mi fiaca trascendental descartan por complejas. Así, el microondas ocupará un bonito lugar como estante, junto con la bicicleta fija que funciona de toallero y el lavarropas que va de papelero con trámites de la universidad.
Al fin y al cabo, por algo dios inventó el delivery, el lavadero y la tercerización de todas aquellas cosas molestas de las que un hombre soltero no se debería preocupar.
Ah?: Un elefante se balanceaba sobre la punta de una lanza.

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