Después de tanto tiempo de relación con una cordobesa tengo varias cosas para decir. Sin embargo, creo que la más importante es también la más simple: NO NOS ENTENDEMOS.
Ella me habla en una suerte de castellano con tonada y eso para mi es todo un misterio. Afortunadamente la Marie, como buena madre inglesa, viuda de mi buen padre alemán, me adoctrinó en los métodos anglosajones para dichos caso: poner cara de serena suficiencia y comprensión con una sonrisa acorde, luego hacer lo que a uno se le antoja.
Así, una cosa tan sencilla como ‘alcánzame la sartén’ puede convertirse en una aventura insospechada, para terminar en una serie de amargas recriminaciones del tipo: ‘claro, ahora me ignorás, ¿qué soy yo? ¿La hija de la pavota soy?’.
El castellano con acento cordobés es gracioso y dulce en los labios de una mujer, pero es ininteligible. Ella tampoco me entiende, suele perderse entre los ‘che’, las ‘yes’, las ‘erres’ y esa forma frígida que tenemos de la lengua los que vivimos en Buenos Aires. Pero a veces soy comprensivo, sonrío y le explico pausadamente y con gesticulaciones de aspavientos lo que estoy tratando de decir, como lo haría con un ruso que busca el obelisco o con un irlandés borracho sacado a empujones de un pub. Aunque ella dice 'nomenclador cartográfico' y yo respondo '¿lo qué?'.
Aun así, pienso que en esa distancia de no entendernos tres palabras juntas radica la magia de soportarnos tanto tiempo porque es jugar al acertijo y conocer todos los días a alguien diferente, como en esas películas malas de Adam Sandler o en el lenguaje cursi que usan los enamorados, del que todos nos reímos, pero que al final terminamos usando. Porque a decir verdad, ¿quién puede aguantar a alguien que comprende por completo?
La vida a veces es una novela mexicana.
Ah?: la puta que me estoy poniendo viejo.

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