miércoles, 16 de julio de 2008

Ismos de la vida preconyugal

Después de tanto tiempo de relación con una cordobesa tengo varias cosas para decir. Sin embargo, creo que la más importante es también la más simple: NO NOS ENTENDEMOS.

Ella me habla en una suerte de castellano con tonada y eso para mi es todo un misterio. Afortunadamente la Marie, como buena madre inglesa, viuda de mi buen padre alemán, me adoctrinó en los métodos anglosajones para dichos caso: poner cara de serena suficiencia y comprensión con una sonrisa acorde, luego hacer lo que a uno se le antoja.

Así, una cosa tan sencilla como ‘alcánzame la sartén’ puede convertirse en una aventura insospechada, para terminar en una serie de amargas recriminaciones del tipo: ‘claro, ahora me ignorás, ¿qué soy yo? ¿La hija de la pavota soy?’.

El castellano con acento cordobés es gracioso y dulce en los labios de una mujer, pero es ininteligible. Ella tampoco me entiende, suele perderse entre los ‘che’, las ‘yes’, las ‘erres’ y esa forma frígida que tenemos de la lengua los que vivimos en Buenos Aires. Pero a veces soy comprensivo, sonrío y le explico pausadamente y con gesticulaciones de aspavientos lo que estoy tratando de decir, como lo haría con un ruso que busca el obelisco o con un irlandés borracho sacado a empujones de un pub. Aunque ella dice 'nomenclador cartográfico' y yo respondo '¿lo qué?'.

Aun así, pienso que en esa distancia de no entendernos tres palabras juntas radica la magia de soportarnos tanto tiempo porque es jugar al acertijo y conocer todos los días a alguien diferente, como en esas películas malas de Adam Sandler o en el lenguaje cursi que usan los enamorados, del que todos nos reímos, pero que al final terminamos usando. Porque a decir verdad, ¿quién puede aguantar a alguien que comprende por completo?

La vida a veces es una novela mexicana.

Ah?: la puta que me estoy poniendo viejo.